Querida Alli:
Hoy los abuelos me han llevado en barco. Hemos ido en coche hasta la costa, donde un amigo del abuelo nos ha dejado un precioso velero blanco, al que llamaba «Mia Donna». Y, en efecto, el barco se llamaba «Donna Isabella». Paolo, el amigo del abuelo, me explicó que le había puesto ese nombre en honor a una amante que tuvo que era cantante de ópera y su voz era como la de una sirena. Entonces ha mirado al mar y me ha contado, con la voz rota, que murió cuando volvía en barco de su trabajo de enfermera en África. Dice que le puso su nombre a ese barco con la esperanza de estar un día junto a ella en el agua.
Me ha parecido muy romántico, y no he podido evitar mirar de otra manera a ese precioso velero. Tenía el mástil alto, de madera muy clara, sobre el que se sostenía una vela blanca. Los bordes, de azul cielo, quedaban empapados de agua salada cada vez que se mecía sobre el mar a un lado y a otro. El viento me echaba el pelo hacia atrás y el olor a sal impregnaba toda mi ropa y se me pegaba a la piel. Pequeñas gotas refrescantes me salpicaban, aliviando el caluroso día. El ir y venir de las olas formaban la melodía del mar, acompañado por el piar de algunas gaviotas.
Cuánta paz, Alli. Creo que es lo más cercano del Paraíso que he estado nunca. Era extraña tanta calma después de vivir toda mi vida en Nueva York, acostumbrada al sonido de la gente, los coches y la ciudad.
Solo deseo que vengas cuanto antes, Alli. Italia tiene las playas más bonitas que jamás he visto. Quiero que las veas. Estoy segura de que obrarán un milagro en ti y recobrarás tu salud.
Con cariño,
Casey.
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