Querida Alli:
¿Recuerdas ese cuadro que colgaba de la pared de mi cuarto? Aquel con la fotografía de mi película favorita, "Vacaciones en Roma". En él, se ve a Gregory Peck llevando a Audrey Hepburn en Vespa por las calles de Italia.
Pues hoy he montado en Vespa. Era una vieja motocicleta antigua del abuelo, que ha conseguido arreglar después de años sin usarla. Estaba bastante sucia y he pasado casi toda la mañana limpiándola, hasta dejarla reluciente. El ruido que hacía al andar era horrible, pero poco importaba cuando te acostumbrabas.
Luego me he ido por las calles de la Toscana a toda velocidad. Era fantástico sentir el viento en la cara y la velocidad recorriendo cada vena de mi cuerpo. Por un momento me he sentido como en una escena de la película.
Pero el momento se ha estropeado cuando un coche casi me atropella. Era un viejo coche azul oscuro del que se ha bajado un chico moreno, alto y muy guapo, con los ojos azules más bonitos que he visto en mi vida. Me ha pedido perdón en italiano, y yo le he dicho que estaba bien. No me había llegado a tocar, pero del susto me había caido de la motocicleta y me había hecho un par de rasguños en las rodillas. Se ha ofrecido a llevarme a casa, pero he rehusado su oferta, cogiendo la moto. Me he vuelto a subir y he regresado a casa de los abuelos.
Lo cierto es que secretamente deseo volverle a ver. No puedo parar de pensar en esos ojos como el mar de Italia.
Con cariño,
Casey.
Cartas a Nueva York.
domingo, 22 de mayo de 2011
jueves, 19 de mayo de 2011
Carta 2.
Querida Alli:
Hoy los abuelos me han llevado en barco. Hemos ido en coche hasta la costa, donde un amigo del abuelo nos ha dejado un precioso velero blanco, al que llamaba «Mia Donna». Y, en efecto, el barco se llamaba «Donna Isabella». Paolo, el amigo del abuelo, me explicó que le había puesto ese nombre en honor a una amante que tuvo que era cantante de ópera y su voz era como la de una sirena. Entonces ha mirado al mar y me ha contado, con la voz rota, que murió cuando volvía en barco de su trabajo de enfermera en África. Dice que le puso su nombre a ese barco con la esperanza de estar un día junto a ella en el agua.
Me ha parecido muy romántico, y no he podido evitar mirar de otra manera a ese precioso velero. Tenía el mástil alto, de madera muy clara, sobre el que se sostenía una vela blanca. Los bordes, de azul cielo, quedaban empapados de agua salada cada vez que se mecía sobre el mar a un lado y a otro. El viento me echaba el pelo hacia atrás y el olor a sal impregnaba toda mi ropa y se me pegaba a la piel. Pequeñas gotas refrescantes me salpicaban, aliviando el caluroso día. El ir y venir de las olas formaban la melodía del mar, acompañado por el piar de algunas gaviotas.
Cuánta paz, Alli. Creo que es lo más cercano del Paraíso que he estado nunca. Era extraña tanta calma después de vivir toda mi vida en Nueva York, acostumbrada al sonido de la gente, los coches y la ciudad.
Solo deseo que vengas cuanto antes, Alli. Italia tiene las playas más bonitas que jamás he visto. Quiero que las veas. Estoy segura de que obrarán un milagro en ti y recobrarás tu salud.
Con cariño,
Casey.
Hoy los abuelos me han llevado en barco. Hemos ido en coche hasta la costa, donde un amigo del abuelo nos ha dejado un precioso velero blanco, al que llamaba «Mia Donna». Y, en efecto, el barco se llamaba «Donna Isabella». Paolo, el amigo del abuelo, me explicó que le había puesto ese nombre en honor a una amante que tuvo que era cantante de ópera y su voz era como la de una sirena. Entonces ha mirado al mar y me ha contado, con la voz rota, que murió cuando volvía en barco de su trabajo de enfermera en África. Dice que le puso su nombre a ese barco con la esperanza de estar un día junto a ella en el agua.
Me ha parecido muy romántico, y no he podido evitar mirar de otra manera a ese precioso velero. Tenía el mástil alto, de madera muy clara, sobre el que se sostenía una vela blanca. Los bordes, de azul cielo, quedaban empapados de agua salada cada vez que se mecía sobre el mar a un lado y a otro. El viento me echaba el pelo hacia atrás y el olor a sal impregnaba toda mi ropa y se me pegaba a la piel. Pequeñas gotas refrescantes me salpicaban, aliviando el caluroso día. El ir y venir de las olas formaban la melodía del mar, acompañado por el piar de algunas gaviotas.
Cuánta paz, Alli. Creo que es lo más cercano del Paraíso que he estado nunca. Era extraña tanta calma después de vivir toda mi vida en Nueva York, acostumbrada al sonido de la gente, los coches y la ciudad.
Solo deseo que vengas cuanto antes, Alli. Italia tiene las playas más bonitas que jamás he visto. Quiero que las veas. Estoy segura de que obrarán un milagro en ti y recobrarás tu salud.
Con cariño,
Casey.
Carta 1.
Querida Alli:
Ya he llegado. El viaje ha sido tedioso y, en ocasiones, angustioso. Pero todos mis males se han curado al poner un pie en tierra, en La Toscana.
Oh, Alli, ¡ojalá estuvieras aquí! Desde las montañas hasta los valles, pasando por llanuras y depresiones, están cargados de encanto. Dudo que en otro sitio haya colores más vivos. El cielo es más azul y la tierra más verde que en cualquier otro lado.
Pero no quiero darte envidia, Alli. Espero que te esté yendo muy bien en Nueva York, con tu nuevo trabajo. Dale recuerdos al pequeño John de mi parte, y recuérdale el dinosaurio que le llevaré a mi vuelta.
Ahora mismo estoy en casa de los abuelos, sentada en el despacho del abuelo, escribiéndote mientras miro por la ventana. Son las doce de la mañana y los pájaros cantan en una bonita melodía que acompaña los aún más bonitos paisajes. No puedo dejar de admirarlos. El viento mece con suavidad los árboles del jardín, que siguen al compás la música de ópera que está escuchando el abuelo en el salón.
Aunque no tuviese demasiadas ganas de venir aquí a pasar el verano, a medida que transcurren las horas se va abriendo un abanico cada vez más amplio de posibilidades. ¿Qué te voy a decir, Alli? Ya me conoces y sabes que soy una optimista nata. Tan solo creo que tengo que esperar y aguardar. Estoy preparada para cualquier aventura que se me ofrezca, aunque sea tan solo sentarme en un banco y ver a la gente pasar.
Ojalá pudieses olerlo, Alli. La abuela está preparando pasta, una especie de "fusillis" he entendido. Toda la casa está impregnada del olor a orégano, queso y tomate. Mi ropa huele a ello, y estoy segura de que cuando me vaya a dormir hasta mis sábanas oleran a deliciosa pasta. Pero podría acostumbrarme.
En un rato iremos a la "piazza", Alli. Es una gran tradición poner un mercado ahí con pequeños tenderetes que venden deliciosas frutas, verduras, hierbas aromáticas, especias y gran cantidad de otras cosas. A mí me basta con oirles hablar italiano. Ya te dije lo irresistible que encontraba ese idioma y mis crecientes ganas de dominarlo.
Solo deseo vivir aquí algún día, y convertir todas estas maravillas en una rutina en mi vida. Tienes que venir, Alli, estoy segura de que adorarías hasta la más mínima hoja de los árboles de la montaña.
Mañana te escribiré otra carta, Alli. El abuelo me llama para que les acompañe a la "piazza". Me voy corriendo, Alli, pero no me olvido de ti.
Con cariño,
Casey.
Ya he llegado. El viaje ha sido tedioso y, en ocasiones, angustioso. Pero todos mis males se han curado al poner un pie en tierra, en La Toscana.
Oh, Alli, ¡ojalá estuvieras aquí! Desde las montañas hasta los valles, pasando por llanuras y depresiones, están cargados de encanto. Dudo que en otro sitio haya colores más vivos. El cielo es más azul y la tierra más verde que en cualquier otro lado.
Pero no quiero darte envidia, Alli. Espero que te esté yendo muy bien en Nueva York, con tu nuevo trabajo. Dale recuerdos al pequeño John de mi parte, y recuérdale el dinosaurio que le llevaré a mi vuelta.
Ahora mismo estoy en casa de los abuelos, sentada en el despacho del abuelo, escribiéndote mientras miro por la ventana. Son las doce de la mañana y los pájaros cantan en una bonita melodía que acompaña los aún más bonitos paisajes. No puedo dejar de admirarlos. El viento mece con suavidad los árboles del jardín, que siguen al compás la música de ópera que está escuchando el abuelo en el salón.
Aunque no tuviese demasiadas ganas de venir aquí a pasar el verano, a medida que transcurren las horas se va abriendo un abanico cada vez más amplio de posibilidades. ¿Qué te voy a decir, Alli? Ya me conoces y sabes que soy una optimista nata. Tan solo creo que tengo que esperar y aguardar. Estoy preparada para cualquier aventura que se me ofrezca, aunque sea tan solo sentarme en un banco y ver a la gente pasar.
Ojalá pudieses olerlo, Alli. La abuela está preparando pasta, una especie de "fusillis" he entendido. Toda la casa está impregnada del olor a orégano, queso y tomate. Mi ropa huele a ello, y estoy segura de que cuando me vaya a dormir hasta mis sábanas oleran a deliciosa pasta. Pero podría acostumbrarme.
En un rato iremos a la "piazza", Alli. Es una gran tradición poner un mercado ahí con pequeños tenderetes que venden deliciosas frutas, verduras, hierbas aromáticas, especias y gran cantidad de otras cosas. A mí me basta con oirles hablar italiano. Ya te dije lo irresistible que encontraba ese idioma y mis crecientes ganas de dominarlo.
Solo deseo vivir aquí algún día, y convertir todas estas maravillas en una rutina en mi vida. Tienes que venir, Alli, estoy segura de que adorarías hasta la más mínima hoja de los árboles de la montaña.
Mañana te escribiré otra carta, Alli. El abuelo me llama para que les acompañe a la "piazza". Me voy corriendo, Alli, pero no me olvido de ti.
Con cariño,
Casey.
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